Bob Weir se fue el 10 de enero de 2026, y con su partida la música perdió a una de sus figuras más discretas y esenciales. Tenía 78 años. Cofundador y pilar creativo de Grateful Dead, Weir fue el músico que sostuvo el pulso de una banda construida sobre el riesgo, la improvisación y la idea de la música como experiencia colectiva.
Cuando se unió a Grateful Dead en 1965 apenas tenía 17 años. Su juventud contrastaba con la ambición artística del grupo, pero muy pronto encontró su lugar. No fue un guitarrista rítmico convencional: desarrolló un lenguaje propio, lleno de acentos irregulares, silencios y armonías abiertas, que permitió que las largas improvisaciones respiraran y se expandieran. Esa forma de tocar se volvió parte inseparable del sonido Dead, una base flexible sobre la que todo podía suceder.
Además de su papel instrumental, Weir fue una voz fundamental en la composición del grupo. Firmó canciones que se volvieron emblemas, capaces de capturar tanto el espíritu contracultural como una mirada crítica y poética sobre Estados Unidos. En el escenario, su presencia equilibró al grupo: menos mística que la de Jerry Garcia, líder de The Grateful Dead, pero constante, firme y siempre orientada a sostener el viaje musical.
Tras la muerte de Garcia en 1995 y el final de Grateful Dead, Bob Weir se negó a convertir ese legado en una reliquia de museo. Continuó tocando, reorganizando el repertorio y llevándolo a nuevas generaciones. Fue el rostro más persistente de esa música que se resistía a desaparecer, participando en distintos proyectos y, ya en el siglo XXI, encabezando iniciativas como Dead & Company, con las que el cancionero Dead volvió a los grandes escenarios. En una etapa más íntima, exploró nuevas lecturas de esas canciones con Wolf Bros, mostrando una faceta madura, reflexiva y profundamente emocional.
Su vida personal vivió una transformación decisiva a finales de los años noventa con la llegada de Natascha Weir. Se conocieron en 1997, cuando él tenía 49 años y ella 18, una diferencia de edad que en su momento sorprendió, pero que terminó siendo un punto de equilibrio fundamental. Natascha apareció en un periodo de reconstrucción para Weir, después del final de Grateful Dead y de décadas marcadas por la carretera, los excesos y las pérdidas. Con ella encontró estabilidad, disciplina y una nueva manera de habitar el tiempo. El matrimonio y la llegada de sus hijas lo llevaron a cuidar su salud, a replantear prioridades y a construir un hogar como centro de su vida. Weir reconoció en distintas ocasiones que esa relación fue clave para ordenar su mundo y sostener su madurez personal y artística.
Su historia quedó retratada con honestidad en el documental The Other One: The Long Strange Trip of Bob Weir, (amplísimamente recomendable y que encuentras en Netflix), una mirada íntima a su recorrido vital, a su amistad con Garcia y al lugar que ocupó en una de las aventuras musicales más influyentes del siglo XX.
Bob Weir no fue el músico más ruidoso ni el más visible, pero sí uno de los más necesarios. Convirtió la guitarra en un puente, al concierto en ritual y al público en comunidad. Su legado no se mide solo en canciones, sino en la idea de que la música, cuando se comparte, puede ser un hogar. Se fue tras un viaje largo y extraño, y en ese camino dejó una huella imposible de borrar.
Hasta siempre querido Bob.
PABLO EMILIO ISLAS MARQUEZ.
Enero de 2026.




